Rhema: Quizás el mayor peligro para la misión no es perder nuestras estructuras, sino perder a las personas mientras protegemos a las estructuras.
Desde que comencé a servir junto a mis padres a muy corta edad, noté grandes dilemas. Observaba ministerios, iglesias y movimientos intentando cumplir la Gran Comisión, pero atrapados en tensiones difíciles de resolver. Durante mi adolescencia dediqué mucho tiempo a criticar esos sistemas. Pensaba que la solución era señalar lo que estaba mal, hasta que un día mi papá me dijo algo que nunca olvidé:
“Sabes hijo, desde afuera solo podemos señalar, pero desde adentro del sistema podemos cambiar las cosas. Porque las personas le importan a Jesús. Las estructuras fallan, pero la forma de Jesús no.”
Existe un famoso experimento mental conocido como “el dilema del trolley” o “el dilema del tren” donde una persona debe decidir hacia cuál vía dirigir un tren que inevitablemente avanzará. Ambas opciones tienen consecuencias; ninguna decisión es cómoda. Creo que algo parecido ocurre en la misión.
Por un lado, tenemos objetivos legítimos y hasta divinos: personas alcanzadas, discípulos formados, líderes desarrollados e iglesias plantadas. Debemos agradecer cada vida transformada. Sin embargo, en ocasiones la búsqueda de resultados puede llevarnos a sacrificar aquello que hizo tan poderoso el ministerio de Jesús: la cercanía. Podríamos comenzar a relacionarnos con personas únicamente para evangelizarlas, discipular siguiendo procesos diseñados sin compartir realmente la vida, o levantar líderes que reproduzcan estructuras pero que nunca descubran cómo escuchar la voz de Dios.
En DCPI enseñamos dos principios inseparables: el Principio de la Misión (ayudar a las personas a poner su fe en Cristo y crecer hacia la madurez) y el Principio de la Conexión (comprender los corazones y mentes de quienes queremos alcanzar). La misión sin conexión se convierte en producción; la conexión sin misión pierde dirección. Jesús nunca vivió atrapado entre esos extremos. Él caminó guiado por el Espíritu, compartió mesas, escuchó historias y se acercó a quienes otros evitaban. Por eso Pablo escribió: “Me he hecho de todo a todos, para que de todos modos salve a algunos” (1 Corintios 9:22).
Ese es el corazón del Liderazgo Puente, un material que he estado desarrollando los últimos meses. Un líder puente aprende a moverse entre culturas, generaciones y contextos sin perder su identidad ni su propósito. Construye conexiones donde otros levantan barreras; escucha antes de hablar y sirve antes de dirigir. La encarnación nos muestra a un Dios que se acerca; la reconciliación, a un Dios que conecta; la misión, a un Dios que envía. Tal vez el desafío de nuestra generación sea recuperar la mesa, aprender nuevamente a caminar con las personas y a construir puentes. Las estructuras son herramientas; los puentes son caminos.
A finales de marzo, reflexionando en esto, sentí que Dios puso una frase en mi corazón: “En el Reino de Dios no existen los dilemas del tren. Siempre hay una manera diferente, y es la manera de Jesús. Búscala.”
A veces pensamos que debemos escoger entre las personas y la misión, o entre la estructura y la relación. Pero Jesús nos muestra un camino superior. Cuando no veas una salida, detente. Ora. Escucha. Quizás la respuesta no está en escoger una de las vías, sino en encontrar la manera de Jesús.
Preguntas para reflexionar:
- ¿Qué estructuras podrían estar limitando hoy tu capacidad de conectar con las personas?
- ¿Dónde te está invitando Dios a construir puentes en lugar de levantar barreras?
- ¿Cómo sería tu ministerio si dedicaras tanto esfuerzo a las personas como a los resultados?





Otoniel gracias por este blog, el mundo se detuvo por un instante para mi al leer esta reflexión y no quiero buscar caminos, quiero encontrar la manera de Jesus en todo!